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Por Daniel Bonina
Un número como cualquier otro
Hasta ese lunes, Jorge Ledesma nunca había pensado demasiado en la chapa patente de su auto.
Era un número más, una combinación de letras y cifras que servía para estacionar, pagar peajes o renovar el seguro.
Pero ese día, al abrir el correo electrónico, encontró una multa de tránsito por exceso de velocidad en una avenida que no conocía.
—Debe ser un error, pensó.
La foto mostraba un auto idéntico al suyo: un Ford Focus gris, modelo 2016. La patente era la misma.
Lo único que no coincidía era el barrio. La infracción había ocurrido en Mar del Plata, a más de 400 kilómetros de Villa Luro, donde Jorge vive desde que nació.
El comienzo de la pesadilla
Jorge trabaja en una ferretería familiar sobre la avenida Lope de Vega. Vive con su esposa, Marta, y sus dos hijos adolescentes.
“Soy una persona tranquila, no me gusta meterme en líos”, dice. “Pero esto me volvió loco.”
La primera multa la ignoró. La segunda le llegó por correo postal, una semana después.
La tercera, por una supuesta infracción en la autopista Illia, fue el punto de quiebre.
—Fui al CGP a reclamar y me dijeron que el sistema no podía estar equivocado —recuerda—. Me pedían pruebas de que no era mi auto. ¿Cómo probás algo así?
Ahí empezó un peregrinaje de meses. Fotos, formularios, certificados, actas notariales, denuncias policiales.
Cada trámite derivaba en otro. Cada funcionario parecía tener una respuesta distinta.
“Me pedían que presentara la patente original para demostrar que era mía. La tenía en el auto, pero igual me pedían una denuncia por duplicación. Era como una carrera de obstáculos.”
Un espejo sobre ruedas
Según datos de la Dirección Nacional del Registro Automotor, cada año se denuncian más de 4.000 casos de duplicación de chapa patente en Argentina.
Los métodos varían: algunos falsifican placas con impresoras 3D, otros clonan autos completos para evadir multas o circular sin seguro.
El abogado especializado en derecho del consumidor Martín Siciliano, consultado para esta nota, explica:
“El problema es que el sistema está preparado para sancionar al titular, no para verificar la autenticidad del vehículo. En la práctica, el Estado presume culpabilidad. Si alguien clona tu patente, vos sos quien debe probar que no fuiste.”
Esa inversión de la carga de la prueba fue lo que más indignó a Jorge.
“Sentís que tenés que demostrar tu inocencia todo el tiempo. Que tu palabra vale menos que una foto borrosa.”
Burocracia en loop
Durante los siguientes seis meses, Jorge recorrió oficinas y dependencias de tránsito.
Llevaba una carpeta azul llena de papeles: constancias, copias, tickets de pago, certificados notariales y, en la tapa, un papel pegado con cinta que decía “CASO DE PATENTE DUPLICADA”.
“Ya me conocían en el CGP. Me decían ahí viene el de la patente trucha”, cuenta riendo, aunque sin alegría.
Cada reclamo parecía abrir una nueva instancia. Un día le pedían una pericia fotográfica; otro, un informe de verificación vehicular.
“Era como una pared que se reconstruía cada vez que la tiraba abajo”, dice.
La psicóloga laboral Andrea Mastrogiacomo, que trabaja con casos de estrés administrativo, explica que no es raro.
“La burocracia argentina tiene un efecto despersonalizante. El ciudadano se convierte en un número de expediente. En ese contexto, la impotencia genera ansiedad y agotamiento emocional.”
Jorge lo vivió en carne propia: noches sin dormir, discusiones familiares, días perdidos en colas interminables.
La doble vida del Focus
El punto más absurdo llegó cuando el supuesto “auto clon” fue registrado por una cámara en un peaje de la ruta 2.
“Tenía hasta la misma calcomanía del club de Boca en el vidrio trasero. Ahí me asusté. No era solo un número duplicado: alguien había copiado cada detalle.”
La Policía de la Ciudad abrió una investigación, pero los resultados fueron nulos.
“El sistema de cámaras sirve para multarte, pero no para ayudarte”, dice con ironía.
“Si alguien usa tu patente para robar un auto o cometer un delito, el primero al que vienen a buscar es a vos.”
La identidad mecánica
El sociólogo Federico Beltrán, especialista en tecnología y vida urbana, dice que lo de Jorge no es un caso aislado sino un síntoma.
“En la era digital, la identidad ya no se limita a las personas: los objetos también tienen identidad. Una patente, un DNI o un CUIL funcionan como extensiones de nosotros mismos. Cuando alguien los copia, nos desdobla.”
Esa “identidad mecánica” —como la llama Beltrán— genera una paradoja: el auto sigue siendo de Jorge, pero su representación oficial no.
En el sistema, su vehículo aparece en lugares donde nunca estuvo, cometiendo infracciones que él no realizó.
Marta y los silencios
Mientras tanto, Marta, su esposa, se volvió su aliada y su sostén.
“Al principio pensaba que exageraba —dice ella—. Después, cuando empezó a recibir intimaciones judiciales, me di cuenta de que era serio. Lo veía llegar a casa abatido, con la cabeza llena de papeles.”
Jorge dejó de usar el auto por un tiempo. Le daba miedo que lo detuvieran en un control.
“Me daba bronca mirar la patente. Sentía que no era mía. Como si alguien me hubiera robado el nombre.”
Una victoria parcial
Ocho meses después del primer reclamo, Jorge recibió una notificación:
la Agencia de Tránsito había reconocido el caso como duplicación de dominio.
Las multas fueron anuladas y el expediente cerrado.
Pero la victoria fue amarga.
“Ganás, pero perdés igual. Perdés tiempo, plata, salud mental. Nadie te devuelve eso.”
El abogado Siciliano coincide:
“Estos casos evidencian que el Estado no tiene mecanismos ágiles de reparación. El ciudadano hace de detective, abogado y víctima a la vez.”
Más allá de los papeles
Hoy Jorge sigue manejando su Focus, aunque con cierta desconfianza.
Guarda en la guantera una carpeta con todas las copias del caso, “por las dudas”.
Evita los trámites digitales y prefiere pagar en persona.
“Ya no creo en el sistema. Te dicen que está todo informatizado, pero si algo falla, nadie sabe cómo arreglarlo.”
La psicóloga Mastrogiacomo reflexiona:
“Lo que vivió Jorge es más que un problema administrativo. Es una fractura en la relación entre el ciudadano y el Estado. Cuando el sistema te culpa sin escucharte, dejás de confiar.”
Los números que nos definen
En Villa Luro, los autos se alinean al costado de la plaza Los Andes. Jorge pasa por ahí todos los días.
Mira las patentes, todas distintas, todas iguales.
“Uno piensa que es solo una chapa —dice—, pero atrás de ese número está tu historia. Si te la roban, te roban un pedazo de identidad.”
El reflejo del sol sobre el metal lo encandila por un instante.
Luego arranca el motor, y el Focus se pierde entre el tránsito lento de la tarde, mezclado con miles de otros autos que, como él, intentan avanzar en una ciudad donde cada número parece tener vida propia.
Los personajes son ficticios y las imagenes han sido generadas con inteligencia artificial, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
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