Te gustan estas historias? seguime en instagram @seguhistorias
Laura y Andrés llevaban diez años juntos. Vivían en un departamento en Lomas de Zamora, con un perro que ladraba a los colectivos y una rutina que, aunque tranquila, empezaba a pesarles. Entre el trabajo, las cuentas y los fines de semana que pasaban demasiado rápido, a veces sentían que se estaban quedando quietos en la vida.
Una noche de otoño, mientras cenaban y charlaban sobre lo monótono que se había vuelto todo, Laura mencionó que una amiga había conocido gente interesante a través de una aplicación de citas. Andrés se rió, sorprendido, pero la curiosidad quedó flotando.
—Solo para ver de qué se trata —dijo ella, medio en broma.
Descargaron la app juntos. La configuraron sin mayores expectativas: una foto de los dos en una feria, una descripción sencilla —“pareja divertida, buscando nuevas experiencias, buena charla y buena onda”—. No pasó mucho tiempo hasta que recibieron el primer mensaje.
Se llamaban “Marina y Leo”. En su perfil mostraban fotos normales: una pareja joven, sonriente, en una playa de San Bernardo. Parecían auténticos, nada exagerado ni sospechoso. En los primeros intercambios hablaron de música, de viajes, de las ganas de desconectarse un poco de la ciudad.
Durante varios días, la conversación fue creciendo. Se enviaban memes, fotos de comidas, anécdotas cotidianas. Todo parecía natural, casi amistoso. Incluso compartieron audios con voces cálidas, risueñas.
“Leo” decía trabajar en una empresa de transporte, y “Marina” mencionaba ser diseñadora gráfica. Les contaron que tenían una casa de fin de semana en las afueras de Cañuelas, con parrilla y pileta.
—Podríamos hacer un asado algún sábado, nada formal —propusieron.
Laura y Andrés lo comentaron entre ellos. Dudaron al principio, pero no había señales claras de peligro. Las fotos mostraban un lugar lindo, los perfiles parecían coherentes, y hasta habían intercambiado números de WhatsApp. La confianza se había instalado sin que se dieran cuenta.
El sábado siguiente salieron al mediodía. El GPS marcaba una hora y media de viaje. Iban charlando, con música suave y las ventanillas bajas. “Es raro, pero divertido”, decía Andrés. “Parece una aventura”.
Cuando llegaron, la dirección los llevó a un camino de tierra que se internaba entre eucaliptos. Había casas dispersas, casi todas vacías. Frenaron frente a un portón de chapa. Nadie los esperaba.
Mandaron un mensaje:
—Llegamos, estamos afuera.
La respuesta tardó unos minutos.
—Pasen, ya salimos.
No llegaron a abrir la puerta. Tres hombres aparecieron de golpe, desde el costado del camino. Uno llevaba una gorra, otro un buzo con capucha. Los insultos y los gritos fueron inmediatos. Los empujaron contra la camioneta, los revisaron, les quitaron las llaves, los celulares y las billeteras.
Todo duró menos de tres minutos. Se llevaron el vehículo, la mochila con ropa, el GPS, los documentos. Solo quedaron el polvo del camino y el silencio.
Caminaron casi una hora hasta una estación de servicio, donde un camionero los ayudó a llamar a la policía. En la comisaría les explicaron que no era la primera vez que ocurría algo así. Había otros casos similares: perfiles falsos en apps de citas usados para atraer víctimas a lugares aislados.
Esa noche, en el hotel donde les prestaron una habitación, Laura no podía dormir. Le temblaban las manos, no solo por el miedo, sino por la sensación de haber sido engañada en lo más íntimo: la confianza.
—Nos vieron venir —dijo en voz baja—. Sabían exactamente qué decir para que confiáramos.
Andrés miraba por la ventana, sin responder. Sentía una mezcla de rabia y culpa. Todo le parecía absurdo: cómo un puñado de mensajes, de fotos y palabras podían llevarlos tan lejos, literalmente, de su casa y de sí mismos.
Los días siguientes fueron una sucesión de trámites, denuncias y explicaciones. El banco, el seguro, la policía. Todo burocrático, todo lento. La camioneta nunca apareció.
Pasaron semanas hasta que pudieron hablar del tema sin sentir vergüenza. Lo contaron a sus amigos como una advertencia, no como una anécdota.
—No éramos ingenuos —decía Andrés—, solo queríamos algo distinto. Pero a veces lo distinto es justamente donde te esperan.
Hoy, cuando suena una notificación en el celular, Laura todavía siente un pequeño sobresalto.
Dice que aprendió a desconfiar de las fotos perfectas, de las charlas sin pausas, de la sensación de que todo encaja demasiado bien.
“Las redes te dan la ilusión de conexión”, reflexiona. “Pero también te dejan expuesto, y cuando algo sale mal, no hay nadie al otro lado de la pantalla para hacerse cargo.”
A veces, al recordar aquel viaje, dice que lo peor no fue la pérdida material. Fue el silencio posterior: la confianza quebrada, la certeza de que hay lugares —físicos y digitales— donde la ingenuidad se paga caro.
Los personajes son ficticios y las imagenes han sido generadas con inteligencia artificial, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Si querés copiar o compartir esta historia, por favor poné un link a esta página o mencioná que la fuente es danielbonina.com
Si vas a copiar este contenido en tu pagina web, por favor citá la fuente agregando un link a esta página.