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A veces las estafas empiezan con un simple mensaje amable. “Hola, ¿sigue disponible?”, decía el chat que apareció en el teléfono de Sergio una tarde de sábado. Había publicado una biblioteca de madera en Marketplace: una pieza sólida, bien cuidada, que había pertenecido a su madre. Pedía 85 mil pesos, un precio razonable.
El comprador parecía decidido. “Te transfiero ahora, solo necesito tu CBU”, escribió. Sergio, confiado, lo envió sin dudar. Minutos después, el supuesto comprador mandó una captura de pantalla de una transferencia: el comprobante mostraba un monto mayor —120 mil pesos— y un mensaje: “Me equivoqué al poner el importe, ¿me podés devolver la diferencia?”
Sergio se quedó mirando el teléfono con una mezcla de sorpresa y desconfianza.
—¿Cómo te vas a equivocar en 35 mil pesos? —se dijo a sí mismo.
El hombre insistió: “Por favor, devolveme la diferencia, tengo la cuenta bloqueada y necesito que me lo reenvíes antes de que cierre el sistema”.
Sergio, que había trabajado toda su vida en mantenimiento, no era ingenuo, pero tampoco quería problemas. Decidió esperar a ver si el dinero realmente ingresaba a su cuenta. No llegó nada. Entonces el teléfono sonó: un número desconocido, una voz seria.
—Señor Sergio Gómez, le hablamos del área de seguridad bancaria del Banco Nación. Detectamos una transferencia irregular a su cuenta. Si no devuelve el dinero que recibió, su cuenta será bloqueada.
El tono, la formalidad y la precisión de los datos lo desconcertaron. Le mencionaron su número de cliente, el nombre del supuesto comprador y el monto exacto de la transferencia. Era imposible que fuera casual.
—Pero yo no recibí nada todavía —respondió.
—Es que está en proceso, señor —dijo la voz—. Si no devuelve la diferencia antes del cierre del sistema, se le imputará como retención indebida de fondos.
Sergio sintió un nudo en el estómago. La llamada sonaba legítima. Hasta que, por instinto, cortó y fue al homebanking. Su saldo seguía igual. Ni un peso más.
Al día siguiente, fue al banco en persona. El empleado lo escuchó con atención, y tras revisar los movimientos, le confirmó lo que temía: todo había sido un intento de estafa. El comprobante era falso, la llamada provenía de un número que figuraba vinculado a una prisión de la provincia de Buenos Aires, y lo más probable era que el supuesto comprador llamara desde un teléfono clandestino.
Sergio se quedó un rato en silencio, mirando el monitor con sus propios datos en pantalla. No había perdido dinero, pero sí algo más difícil de recuperar: la confianza.
De regreso a su casa, repasó los mensajes en el celular. Todo parecía perfectamente armado: la foto de perfil del comprador, un nombre común, la amabilidad en las respuestas, el apuro por concretar la venta. Todo formaba parte de una secuencia diseñada para apurar, para desorientar.
—Te hacen sentir culpable de algo que no hiciste —diría después—. Y en ese apuro, uno termina entregando lo que más cuida.
La biblioteca sigue en su living. Ya no la volvió a publicar. Dice que cada vez que ve una notificación de Marketplace, piensa dos veces antes de abrirla.
“Antes vendías cosas mirando a los ojos. Ahora solo ves una foto de perfil y una promesa. Y eso, a veces, alcanza para perderlo todo”, reflexiona.
Los personajes son ficticios y las imagenes han sido generadas con inteligencia artificial, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
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