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Por: Daniel Bonina
Un perfil más entre millones
Martín Gómez, 34 años, vive en Mataderos, en una casa de ladrillo visto con una terraza que da a la calle Cañada de Gómez. Trabaja de administrativo en una pyme de autopartes y, como muchos, pasa las noches revisando el teléfono, saltando entre Instagram, Twitter y los grupos de WhatsApp. En enero de este año, impulsado por la curiosidad y por los comentarios de amigos sobre la rentabilidad de OnlyFans, decidió abrir una cuenta.
“No era por necesidad económica”, aclara. “Fue más por juego, por ver qué pasaba. Había visto que algunos tipos comunes, no modelos ni influencers, hacían plata mostrando un poco de su vida personal. Pensé que podía hacerlo con humor, sin mostrar nada raro.”
El perfil empezó con fotos de entrenamiento, fragmentos de rutinas en el gimnasio y algunas imágenes sugerentes, siempre dentro de los límites. Pero en las redes, esos límites son líquidos. En cuestión de semanas, su cuenta comenzó a moverse en círculos ajenos: capturas compartidas en grupos de Telegram, foros y, finalmente, en Twitter.
Martín no lo sabía aún, pero su vida privada estaba a punto de transformarse en un fenómeno público.
Cuando el anonimato se rompe
La primera señal fue una vecina. Una tarde, al salir del supermercado, una mujer de unos 40 años se le acercó con una sonrisa incómoda.
—¿Vos sos el chico del gimnasio? —le preguntó, sin aclarar a qué gimnasio se refería.
Martín se rió, incómodo. “Ahí entendí que algo pasaba”, recuerda. “Después empecé a notar miradas raras en el colectivo, comentarios en el trabajo. Hasta que una compañera me dijo: ‘Martín, te vi en OnlyFans’. Sentí que el piso se me hundía.”
El fenómeno había traspasado la pantalla. Mujeres que no conocía comenzaron a escribirle mensajes directos, algunos inofensivos, otros abiertamente invasivos. En los días siguientes, se multiplicaron los rumores en el barrio. Lo que había empezado como un experimento digital se convirtió en un punto de quiebre en su vida cotidiana.
De la pantalla a la vereda
Las redes tienen una manera singular de borrar fronteras. Lo que antes era privado ahora se vuelve público en cuestión de segundos. En el caso de Martín, la viralización de su perfil derivó en una experiencia que él describe como “una fama que no pedí”.
“Me pasó que caminando por Avenida Alberdi, una chica me paró y me dijo si podía sacarse una foto conmigo. No entendí nada. Después, otra directamente me pidió el número. Al principio me causaba gracia, pero después empezó a incomodarme. No sabía cómo reaccionar.”
Con el correr de las semanas, el acoso se volvió más insistente. Comentarios al pasar, mensajes anónimos, fotografías tomadas sin permiso. En un episodio especialmente molesto, una mujer intentó abrazarlo en un bar mientras un grupo de amigas reía y filmaba con el celular.
“Sentí vergüenza. Nunca pensé que podía pasarme algo así, menos por algo que yo mismo había publicado.”
La exposición como espejo
La psicóloga social Mariela D’Alessandro, consultada para esta crónica, sostiene que la sobreexposición digital tiene efectos distintos según el género. “Estamos acostumbrados a hablar del acoso hacia mujeres, pero el fenómeno de la hipersexualización también afecta a los hombres. En el caso de Martín, hay una inversión del estereotipo: se lo reduce a su cuerpo, se lo convierte en un objeto, y eso genera culpa, incomodidad y desorientación emocional.”
El sociólogo Julián Peretti, especializado en cultura digital, agrega: “OnlyFans nació como una plataforma de empoderamiento, pero también muestra lo difusas que son las fronteras entre la autonomía y la vulnerabilidad. En un contexto como el argentino, donde la masculinidad todavía se asocia al control y la privacidad, que un hombre sea objeto de deseo público genera tensión social.”
Cuando la vida se vuelve viral
Martín decidió cerrar su cuenta dos meses después de abrirla. Pero el contenido, como suele suceder, ya estaba fuera de su control. Algunos videos fueron replicados en otras plataformas, sin su consentimiento. Intentó denunciarlos, pero el proceso resultó largo y confuso.
“Te das cuenta de que no hay vuelta atrás. Lo que subís a internet se queda ahí. No existe el botón de borrar.”
Hoy evita las redes sociales. Conserva solo un perfil de LinkedIn, que revisa una vez por semana. Dice que aprendió a convivir con el eco de su propia imagen, aunque todavía se siente observado.
“Lo más difícil fue explicarles a mis viejos. Mi mamá me preguntó si estaba metido en algo ilegal. Le dije que no, pero no supo cómo reaccionar. Creo que para ellos fue más vergonzoso que para mí.”
La mirada del otro
La especialista en comunicación digital Florencia Zaidman explica que el caso de Martín no es aislado. “Hay un crecimiento de perfiles masculinos que experimentan con la exposición, sobre todo durante la pandemia, y muchos no prevén las consecuencias sociales. Lo que distingue a OnlyFans de otras redes es que combina deseo, dinero y anonimato —una mezcla que puede volverse explosiva.”
Según Zaidman, el problema no está en la plataforma, sino en la falta de educación digital. “Los usuarios subestiman el poder de la imagen. Una vez que tu cara circula en contextos que no controlás, perdés la capacidad de decidir cómo te ven.”
Más allá del morbo
Con el tiempo, Martín empezó a hablar del tema con cierta distancia. “Al principio lo viví con culpa, como si hubiera hecho algo malo. Pero después entendí que el error fue creer que podía manejar lo que la gente hace con tu imagen.”
Hoy participa en charlas sobre privacidad digital organizadas por un grupo de jóvenes en la Comuna 9. Lo invitan para contar su experiencia sin morbo, con la intención de generar conciencia.
“Si mi historia sirve para que alguien piense dos veces antes de subir una foto, ya vale la pena”, dice, sentado en el bar de siempre, mirando cómo el sol cae sobre el barrio.
Un espejo de la época
El fenómeno que atravesó Martín es, en el fondo, un reflejo de una cultura que confunde visibilidad con libertad. En las redes, mostrarse parece sinónimo de existir. Pero cuando la audiencia se multiplica sin control, la identidad se desdibuja.
El sociólogo Peretti lo resume con precisión: “Antes la fama era una aspiración, ahora es una amenaza. Lo que le pasó a Martín muestra que cualquiera puede ser famoso por algo que no quiere. Y que el precio de la exposición no siempre se paga con dinero.”
En Mataderos, la vida de Martín sigue su curso. Camina al trabajo, toma el colectivo 55, saluda al kiosquero. Pero lleva consigo una lección que no olvida: la frontera entre lo público y lo privado se desdibujó hace rato, y nadie —por más anónimo que sea— está completamente a salvo.
“Hoy lo pienso así: internet no se olvida de vos. Podés cerrar la cuenta, pero la foto ya no es tuya. Y eso da miedo, más que cualquier comentario en la calle.”
Los personajes son ficticios y las imagenes han sido generadas con inteligencia artificial, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
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