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Por: Daniel Bonina
Elena Morales tiene 74 años y vive en un departamento antiguo de Caballito, con balconcito a la calle Rivadavia y macetas de geranios que cuida como si fueran hijos. Su esposo, Ricardo, murió hace casi una década, y desde entonces las tardes se le hacen largas. Ve televisión, escucha tango en la radio y revisa el celular que su hija le regaló “para estar comunicadas”. Lo usa poco, pero lo atiende siempre.
Fue por ese teléfono que una tarde de marzo, su mundo se tambaleó.
La llamada entró a las seis y veinte. Un número desconocido.
—Hola, ¿hablo con Elena? —dijo una voz masculina, suave, cálida, inconfundiblemente amable.
Elena dudó un instante.
—Sí… ¿quién habla?
—No me vas a creer, pero soy yo —contestó él—. Te hablo porque me conmovió una carta tuya que me mandaste hace tiempo.
Ella se quedó muda.
El tono, la cadencia, incluso el modo en que pronunciaba las palabras: todo sonaba idéntico a ese actor que Elena había admirado desde los años ochenta, el de las novelas que miraba religiosamente por Canal 13.
“Fue como si el televisor se hubiese metido en mi casa”, dice hoy, con una mezcla de tristeza y vergüenza.
La conversación duró casi una hora. El supuesto actor le contó que estaba pasando un momento difícil, que se sentía solo, que no confiaba en nadie del medio. Elena le respondió con ternura, como si fuera un hijo o un amigo perdido. “Me pareció tan humano, tan sincero”, recuerda.
Antes de cortar, él le pidió discreción: “No le cuentes a nadie todavía, no quiero que los medios lo sepan”. Y prometió volver a llamarla al día siguiente.
Volvió a hacerlo. Durante dos semanas, hablaron casi todos los días. Hablaban de cine, de recuerdos, de la vida. Elena empezó a sentirse rejuvenecida, nerviosa como una chica. “Era lindo tener alguien que se interesara en mí. No me sentía así desde hace años.”
Hasta que una noche, la voz cambió el tono.
Dijo que estaba en un problema, que tenía un tema judicial urgente, que no podía confiar en nadie más. Que necesitaba transferirle dinero a un abogado, pero que no podía hacerlo directamente. Le pidió un favor: si ella podía hacer la transferencia a nombre propio, para que él no quedara expuesto. Le prometió devolvérselo en dos días.
Elena dudó, pero él le habló con ternura, le agradeció la confianza, le dijo que era “una mujer especial”.
Terminó cediendo. Fue hasta el banco al día siguiente y transfirió trescientos mil pesos de sus ahorros.
Cuando su hija Laura se enteró, ya era tarde. El número había desaparecido. Los mensajes no llegaban.
Y el actor —el verdadero—, obviamente, jamás había hablado con ella.
Elena lloró varios días. No por el dinero, dice, sino por la vergüenza.
“Me sentí tonta, ridícula. No podía creer que me hubiera pasado a mí.”
Durante semanas no quiso salir de casa ni atender el teléfono. Le costaba dormir. Se repetía una y otra vez las conversaciones, intentando encontrar alguna señal que hubiera pasado por alto.
Su vecina, Marta, fue quien la convenció de hacer la denuncia. “Yo la vi deshecha. No era la Elena de siempre, esa que cuidaba las plantas y charlaba con todos. Le habían robado más que plata: le robaron la confianza.”
En la Comisaría Vecinal 6B, la escucharon con paciencia. Le explicaron que ese tipo de estafa era cada vez más común. Los delincuentes se hacen pasar por figuras conocidas, incluso usan fragmentos de voz obtenidos de entrevistas o videos para reforzar la ilusión.
“Hoy con la inteligencia artificial se puede imitar casi cualquier voz”, explicó el subcomisario al tomarle la denuncia. “No hace falta mucho: un audio, una foto, y listo.”
El especialista en cibercrimen Federico Soria, consultado para esta crónica, detalla que las víctimas suelen ser personas mayores, solas, con un vínculo emocional hacia figuras mediáticas.
“El mecanismo es psicológico, no tecnológico. No atacan la billetera, atacan la necesidad de ser vistos, escuchados. Lo digital solo es el vehículo.”
Según datos del Ministerio de Seguridad, los casos de estafa sentimental telefónica aumentaron más de un 70% en los últimos dos años.
“Los delincuentes usan voces famosas o se hacen pasar por familiares en apuros. Es un fenómeno complejo, porque mezcla ingeniería social con manipulación emocional.”
La psicóloga Graciela Pereda, que acompaña a adultos mayores víctimas de este tipo de engaños, sostiene que el problema va más allá del dinero.
“La soledad amplifica la credulidad. No es ingenuidad, es hambre de afecto. Cuando alguien los hace sentir importantes, bajan las defensas. Y eso es profundamente humano.”
Elena asiente cuando escucha esa frase.
“Me daba vergüenza admitir que me gustaba hablar con él. No era un amor, era cariño, compañía. Uno se acostumbra al silencio. Y cuando alguien rompe ese silencio, te aferrás.”
Hoy, meses después, Elena vuelve a salir al balcón, riega las plantas y conversa con las vecinas. Su hija le compró un nuevo celular, pero esta vez con una aplicación que bloquea números desconocidos.
El viejo teléfono, el del engaño, lo guarda en un cajón. No lo quiere tirar. “No sé por qué —dice—. Tal vez porque todavía no entiendo del todo cómo pudo pasar.”
El episodio dejó en ella una mezcla de desconfianza y tristeza, pero también una lección.
“Ahora cuando alguien me llama y no lo conozco, le digo que espere, que mi hija lo va a atender. Y si fuera él de verdad… bueno, que me mande una carta, como antes.”
La vida en Caballito sigue su ritmo. Elena camina hasta el almacén de la esquina, saluda al diariero, compra pan. Habla bajito, con ese tono de quien aprendió a cuidarse del mundo.
Y aunque el daño no puede deshacerse, conserva algo intacto: la dignidad de haber enfrentado la estafa sin esconderse.
“Me robaron plata, sí —dice mirando el balcón—. Pero no me robaron las ganas de hablar con la gente. No quiero vivir con miedo. Quiero seguir confiando, aunque cueste.”
En su voz hay una mezcla de melancolía y firmeza.
La misma voz que, en tiempos de pantallas y engaños digitales, sigue buscando algo tan simple y tan difícil como la verdad.
Los personajes son ficticios y las imagenes han sido generadas con inteligencia artificial, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
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