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Por: Daniel Bonina
Por las calles de Mar del Plata, Laura Pereyra —una mujer de 53 años, docente jubilada y vecina de La Perla— camina mirando al suelo. Hace meses que el simple sonido del celular le produce un nudo en el estómago. Cada mensaje podría ser una nueva notificación del banco, una citación judicial o un correo con otra deuda que no contrajo. Todo empezó con algo tan cotidiano como un descuido: una billetera robada una tarde de verano.
Una tarde cualquiera
Fue a fines de enero. Laura había salido del supermercado con una bolsa de naranjas y un paquete de yerba. Caminaba por la avenida Independencia, cerca de la esquina con Libertad, cuando notó que su cartera estaba más liviana. Pensó que se le había caído la billetera en la caja o en el auto. Pero no: alguien se la había sustraído.
Dentro estaban su DNI, la tarjeta SUBE, una de crédito y una foto vieja de sus hijos que llevaba desde que eran chicos.
“Me dio bronca, pero pensé que sería solo el trámite del documento y listo”, recuerda ahora, mientras sostiene un mate tibio en el living de su departamento, con vista parcial al mar. No imaginaba que ese sería el comienzo de una pesadilla burocrática.
El primer llamado
A mediados de febrero, recibió una notificación bancaria: “Estimado cliente, le recordamos el vencimiento de su préstamo personal”.
Laura no tenía ninguna cuenta abierta en ese banco. Llamó para aclararlo. La empleada le dijo que figuraba con una cuenta activa desde hacía tres semanas y con movimientos “inusuales”.
A los pocos días, otro banco la contactó por un descubierto en una caja de ahorro. En total, había tres cuentas abiertas a su nombre.
“Fue un golpe. Sentí que alguien había entrado a mi casa sin permiso, pero en lo invisible”, dice. “Usaban mi nombre, mi documento, mi cara. Era como si hubieran fabricado otra yo”.
Las mulas sin saberlo
Lo que descubrió después la dejó sin palabras: esas cuentas estaban siendo utilizadas para recibir transferencias de distintas personas que habían sido estafadas en internet. Eran, como explicó la policía, cuentas “mulas”: intermediarias donde se deposita dinero proveniente de engaños para luego moverlo a otras cuentas y borrar rastros.
Laura había sido convertida, sin saberlo, en un eslabón de una red de lavado digital.
“Me sentí cómplice de algo que ni entendía”, confiesa.
Tuvo que hacer denuncias en la comisaría, en el Banco Central y en la Unidad Fiscal de Ciberdelitos. Cada trámite le llevaba horas y la devolvía a casa más angustiada que antes. “Te sentís culpable aunque no hayas hecho nada. Tenés que probar que sos vos… que la verdadera sos vos”, dice con los ojos vidriosos.
El calvario de la identidad
Durante semanas, Laura apenas dormía. “Soñaba con formularios. Con mi nombre tachado”, cuenta.
Sus vecinos la veían distinta. Algunos incluso se mostraron desconfiados cuando apareció su foto en una nota policial digital vinculada a las investigaciones. “Era mi foto, pero pegada a una historia que no era mía. Era como si me hubieran robado la vida”.
Mientras tanto, debía seguir con su rutina: las clases particulares, las compras, la atención a su madre enferma. Pero cada vez que pagaba con tarjeta o mostraba el DNI nuevo, temía que alguien le dijera “esta no es usted”.
Una historia que se repite
Según datos de la Asociación Bancaria, en 2024 se registraron más de 18.000 casos similares en todo el país, con un crecimiento del 40% respecto al año anterior. Los delincuentes suelen robar documentos o fotografías y los usan para abrir cuentas falsas en bancos digitales.
“Es un delito que mezcla lo viejo y lo nuevo: el robo clásico con la tecnología”, explica el comisario (R) Héctor Gil, especialista en cibercrimen. “La víctima no solo pierde plata: pierde su reputación, su tranquilidad y, por momentos, su propia identidad”.
El largo camino hacia la reparación
Hoy, Laura logró cerrar todas las cuentas fraudulentas. Pero el daño no se borra fácil. Durante meses, le rechazaron créditos, le bloquearon su tarjeta original y la citaron como testigo en una causa judicial por estafa.
“Tuve que aprender un lenguaje nuevo: phishing, IP, autenticación de dos pasos… cosas que nunca imaginé tener que entender a mi edad”, dice con una media sonrisa.
En la mesa del living conserva una carpeta gruesa, llena de fotocopias, sellos y comprobantes. “Es mi nuevo álbum familiar”, ironiza. “Solo que en vez de recuerdos, son pruebas de que sigo siendo yo”.
El reflejo del mar
A veces, al atardecer, baja al paseo costero. Mira las olas y trata de dejar que el sonido del agua le borre un poco el ruido de la cabeza.
“Siempre pensé que lo peor que podían robarte era el tiempo o la plata. Pero no: lo peor es que te roben quién sos”, dice antes de quedarse mirando el horizonte, donde el mar y el cielo se confunden como su propia historia, todavía sin cierre.
Los personajes son ficticios y las imagenes han sido generadas con inteligencia artificial, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
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